Integrados como un todo: mi carruaje, los caballos, el cochero y YO (como me enseñaron a llamarme: una simple pasajera).
Recorrimos con cierto trabajo el primer tramo del camino. A medida que avanzábamos iba cambiando el entorno y su paisaje. Me detuve por un momento a contemplar las huellas dejadas atrás.
Me siento satisfecha, orgullosa para bien y para mal, mis triunfos y frustraciones ME pertenecen.
De pronto a mi izquierda, por un sendero paralelo al que recorro, percibo una sombre que se mueve por detrás de unos matorrales. Presto atención. Mas adelante veo que es otro carruaje que por su camino avanza en mi misma dirección.
Le pido al cochero que acelere la marcha para ponernos a la par. El carruaje vecino también es tirado por dos caballos y también tiene un cochero llevando las riendas. Sus caballos y los míos suenan como compases entre trotes, como si fueran uno solo.
Estoy tan encantada con la situación que solamente un largo rato después descubro que el otro carruaje también lleva un pasajero.
Ahora lo descubro y lo miro. Veo que él, me está mirando. Como manera de hacerle saber mi alegría le sonrío, y él, desde su ventana, me saluda animadamente con la mano.
Devuelvo el saludo y me animo a susurrarle un tímido “Hola”.
Misteriosamente, o quizás no tanto, él escucha y contesta:
- Hola. ¿Vas hacia allá? (y señala un sendero en diagonal)
- Sí – contesto con una sorprendente (e increíble) alegría - ¿Vamos juntos?
- Claro – me dice - vamos.
Yo respiro profundo y me siento satisfecha. En todo el camino recorrido no había encontrado nunca a un compañero de ruta.
Me siento feliz sin saber por qué y, lo mas interesante, sin ningún interés especial en saberlo.
¿Alguna vez conocieron a alguien y se dieron cuenta que los iba a acompañar en su vida por mucho tiempo?
¿Alguna vez quisieron atarse a alguien para no soltarlo jamás?

Muy lindo lo que escribis. Te felicito!
ResponderEliminarMuchisimas gracias! Te agradezco la buena onda
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